¿Qué lleva nuestra comida?

Históricamente las revoluciones han sido de carácter político, religioso, militar y quizá algún tipo más. Sin embargo, creo fehacientemente que la revolución actual pasa a través del consumo. Ir a comprar, a llenar el carro de alimentos y productos del hogar, se puede convertir en un acto revolucionario. Mucho más de lo que los consumidores se creen.

No obstante, la mirada paternalista hacia el estado u organizaciones de carácter mundial, han conllevado un relajamiento y una mirada displicente hacia lo que como consumidores se nos ofrece si está a la venta, no puede ser tan malo. Podemos ir tranquilamente a un supermercado o grandes almacenes, a proveernos de productos y la prioridad, generalmente para escoger un producto u otro, es el precio. Entonces, el productor lo sabe muy bien: debe conseguir el máximo número de productos a un menor coste, así podrá seguir ofreciendo precios bajos y obtener mayor rentabilidad. Y ahí empieza el juego, todo vale, y si encima lleva el sello de la Comunidad Europea, mejor todavía.  Empecemos con la agricultura, donde se riegan fitohormonas para obtener más producto, le añadimos pesticidas para evitar las plagas y además el aderezo se va a completar con un componente que fija en la planta los dos anteriores. Entonces los químicos se vuelven elementales para mantener la producción, ¡un gran negocio! A pesar de todo, como la consigna es obtener más beneficio, ¿cómo se podría conseguir? ¡Tenemos una idea! debieron pensar en Monsanto y amigos. Le vamos a inyectar a la semilla una modificación genética para repeler las plagas por las que servían los químicos. ¿Y sin químicos no hay beneficio? ¡Sorpresa, las semillas las van a producir las mismas corporaciones que producen los químicos! Negocio redondo.

Respecto al consumo de productos animales no nos alejamos demasiado. Actualmente hay producción de pollos broiler, que con 15 días y piando tienen cuerpo de gallo adulto. La modificación genética no tiene límites y los animales criados para la producción de carne o leche la sufren como ninguna otra especie. Además, la alimentación de muchos animales de granja se basa en piensos surgidos a base de cereales producidos por la agricultura intensiva, modificados genéticamente y acompañados de subproductos animales. Por no hablar de las condiciones de vida. Una vaca, por ejemplo, como todo mamífero necesita estar embarazada para producir leche. Entonces, se embarazan continuamente, hacinadas en espacios llenos de heces, sin poder moverse y sin ver, ni oler, ni comer una brizna de hierba fresca, con las mamas hinchadas por gigantescas mastitis y tratadas con antibióticos. ¡Ah, y con tranquilizantes para combatir la ansiedad! En definitiva, un ritmo que su cuerpo solo aguanta unos 4 o 5 años, cuando en estado normal viviría unos 20. Y así podría hablar de cerdos, cabras, pollos, pavos, doradas, salmones… Me choca haber descubierto que el 50% de la producción de medicamentos va dirigido a la ganadería y a las piscifactorías, no hay un sentido acorde a nada natural que permita esta barbaridad. Normal que se necesite que empresas como la americana IFF (International Flavors and Fragances) inyecten sabor a los alimentos, estamos hablando de productos que no han vivido una vida mínimamente acorde a su naturaleza.

¿Qué beneficios podría conllevar comer la carne de un ser que ha vivido de ese modo? Un aporte calórico y poco más. Toda esa medicación, sumada a una alimentación deficiente produce una carne de coloración, textura y composición muy distantes a una producida por medios más acordes al estado natural del animal. Me ha parecido muy significativo el pensamiento de Michio Kushi, quien acuñó la famosa frase que lleva por título este escrito “somos lo que comemos”. Lo que comemos va hacia nuestra sangre, de ahí a nuestras células que forman desde los huesos y las uñas hasta una vibración que afecta nuestros movimientos y la forma en qué pensamos. Tan simple y tan completo. La elección del producto a consumir no es para nada inocua para nuestra conveniencia. Se trata de una elección que define el modo en el que estamos ofreciendo a nuestro cuerpo y a nuestro ser su bienestar en un futuro. El cuerpo va cargando lentamente con los tóxicos y con la ingesta de productos desnaturalizados, y eso conlleva que la consecuencia de no comer un producto sano y natural no se vea hasta pasado un tiempo. El cuerpo aguanta hasta que necesita manifestarse, y de ahí el alza de alergias, diabetes, obesidades, enfermedades degenerativas, hiperactividad infantil, etc. La relación entre estos condicionantes y la alimentación, dista mucho de ser considerada en cuenta, teniendo como condicionantes de estas enfermedades un origen idiopático.

De vez en cuando, colectivos alzan la voz de alerta hacia un compuesto químico en cuestión. El caso del Nemagon, un agrotóxico que vio prohibida su venta en Estados Unidos por las consecuencias que su uso producía en el cuerpo humano. Lejos de achacar la cabeza, la corporación detrás del compuesto decidió seguir usándolo en Nicaragua. Un país que por el motivo que sea, económico, político, etc, acepta su aplicación. Viviendo en un mundo globalizado, los productos que este país exporta, como el café, frijoles y cacahuetes, van hacia esos países que han rechazado el producto. En cierta manera, el Nemagon indirectamente vuelve a casa.

Me cuesta imaginar a consumidores aceptando este entramado, más aún cuando se adquieren productos dirigidos a sus hijos. La agricultura o ganadería ecológicas tienen una presencia mayor año tras año en los estantes de los supermercados. No obstante, el principal impedimento para su consumo es el económico. Es fácil elegir entre dos plátanos, unos más grandes y de un precio menor, que otros más pequeños, feos y más caros; y lo ecológico normalmente conlleva este segundo caso. Poco a poco, todo va cambiando y los consumidores vamos encontrando más posibilidades a la hora de llenar el carro de la compra. La compra es una revolución diaria, está en nuestras manos. Eso no significa que los gobiernos no deban velar por ese paternalismo que se supone que les es asignado. Un etiquetaje claro, sincero, responsable, informando de todos los procesos a los que ha sido sometido un producto sería primordial para que el consumidor fuera consciente de su elección. Queda mucho camino por andar, reflexionar, ¿luchar? Nuestras vidas toman juego.

Artículo de Gerard Cruz Massagué