¡La fiebre no es un enemigo que debamos combatir!

Ayer, hojeando por enésima vez el libroCómo criar un hijo sano… a pesar de su médico‘ del Dr. Robert S. Mendelsohn, releí las primeras frases del capítulo VII:

«¿Se preocupa usted cuando su chico tiene fiebre y en esta instancia, se precipita al teléfono para que lo sepa enseguida el doctor? Muchos padres lo hacen, porque los profesionales médicos -doctores y enfermeras- les han hecho creer que todas las fiebres son peligrosas«.

Sí, siempre hemos pensado, o nos han hecho pensar, que la fiebre es algo que debamos combatir porque resulta un peligro para la salud de nuestros hijos. Y nada más lejos de la realidad. La fiebre es un estado que el cuerpo necesita para poder combatir virus, bacterias y demás microorganismos, no es ni una enfermedad ni un enemigo; es un síntoma de que el sistema defensivo está funcionando correctamente y no debemos combatirla a menos de que existan síntomas asociados como intranquilidad extrema, una conducta anormal (no típica en el niño) o aspecto gravemente enfermo, dificultad respiratoria, vómitos, tos persistente o si la fiebre dura más de tres días (¡sí, los niños pueden soportar una fiebre moderadamente alta durante tres días sin problema!).

Los medicamentos que solemos utilizar para aliviar o bajar la fiebre (aspirina infantil, Apiretal, Dalsy, etc., todos ellos a base de paracetamol, ibuprofeno y ácido acetilsalicílico) interfieren en los mecanismos defensivos del cuerpo, frenando su acción y evitando, a la larga, una respuesta adecuada ante cualquier enfermedad (lo que hará que el niño, y después adulto, dependa siempre de los medicamentos porque sus defensas no han aprendido a combatir); y los antibióticos, que aunque acortan el curso de una infección, a la larga tienen más riesgos que beneficios.

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La fiebre

¿Qué podemos hacer, pues, en caso de fiebre? Si la fiebre es muy alta y esto nos preocupa….

  • Se pueden utilizar compresas o paños humedecidos con agua tibia (no hace falta que sea muy fría o helada ya que el cuerpo no reacciona ante el frío, sino por evaporación. Tampoco utilizar alcohol), en la frente y en la nuca. Cambiarlas cuando se hayan calentado. Si no son suficientes, se pueden colocar más en los tobillos y en las muñecas o bañarlo en agua tibia (nunca fría).
  • Se puede hacer lo mismo con hojas de col, las más verdes.
  • Las sales de Schüssler son también un remedio muy efectivo: para fiebres de más de 39ºC la sal nº 5 Kalium phosphoricum es la más adecuada, y para fiebres de menos de 39ºC utilizaremos la sal nº 3 Ferrum phosphoricum. En ambos casos, se trata de chupar un comprimido, hasta que se disuelva en la boca, cada 15 minutos, e ir espaciando las tomas según vaya bajando la fiebre (en el caso de la sal nº 5 la cambiaremos por la sal nº 3 cuando la fiebre baje de los 39ºC). Es posible que la fiebre no baje más de 38ºC durante un tiempo, esto es debido a que el cuerpecito del niño necesita esta temperatura para combatir los virus, pero nunca será preocupante ya que estas sales de Schüssler provocan en el organismo una activación del sistema inmunológico, favoreciendo la autocuración. Te recordamos que en Laia Naturopatía tenemos  el curso Sales de Schüssler para niños.
  • Como no, algunas plantas medicinales en forma de infusión, gotas o comprimidos también pueden ser de gran ayuda: el sauce tiene propiedades analgésicas y antipiréticas (baja la fiebre); la verbena también ayuda a bajar la fiebre; el grosellero negro nos hace sudar más; el jengibre tiene propiedades antibacterianas y antivirales, a la vez que facilita la excreción de mucosidad; el tomillo es un potente antiséptico; y las hojas de menta aumentan el sudor y bajan la temperatura corporal. Puedes preguntar en tu herbolario más cercano por estas plantas o preparaciones específicas.
  • No abrigarle demasiado con mantas o ropa, ni tener la habitación a una temperatura muy elevada. Utilizar ropa de algodón que facilita la sudoración.

Y, por supuesto, es importante mantener el cuerpo bien hidratado, con mucha agua, zumos de frutas naturales, recién exprimidos y sin azúcar (manzana, zanahoria, etc.), suero, caldos, infusiones o lo que al niño o a la niña más le apetezca. ¡Ah! Evita los lácteos a toda costa, ya que producen más mucosidad e interfieren en el correcto funcionamiento del sistema defensivo y hormonal (entre otros aspectos que ahora no vienen al caso y que seguramente algún día explicaré).